lapiz
Cuando se levantó aquella mañana intuyó que había llegado el gran día. Ya no más demoras ni excusas baratas. Supo en ese instante que iba a escribir un relato. Nunca lo pensó de manera seria, es más, ni tan siquiera tenía las mínimas nociones de cómo componer un texto literario, sin embargo la tarde anterior anduvo leyendo unos cuentos de Cortazar e imaginó sería bagaje suficiente para emprender el reto de convertirse en escribidor.

Colocó diez folios en blanco sobre la mesa y eligió para la escritura un lápiz Pilot de color calabaza, de esos con minas recargables del 0,9.Consideró que era el medio adecuado para la escritura, ya que por el grosor de las minas se evitaba esa engorrosa sensación de frustración que producen las de 0,5 al romperse con la mínima presión. El lápiz lo había encontrado hacía algunos años en una calle peatonal del barrio de El Clot, en Barcelona. En su momento le pareció extraño que nadie lo hubiera recogido, vista la estridencia de color y el contraste que se producía con el gris de las baldosas.

Dejó aparcados esos pensamientos y se dispuso para la escritura. Asió el lápiz con la mano izquierda, aún y cuando escribía con la diestra, por esas cosas de la educación franquista en la cual por cualquier desviación respecto a las consideraciones del régimen se aplicaba la máxima de “castiga y vencerás”. Ese acto de rebeldía de sujetar el lápiz con la siniestra (aquí deben andar igualmente sugerencias que van más allá del nacionalcatolicismo) le supuso una especie de liberación. Pensó que al utilizar la izquierda, fluidez y riqueza del texto resultarían torrentes expresivos. En otras esferas de la vida militaba en opinión contraria, es decir que la derecha y la izquierda utilizaban igualmente a los protagonistas de ese acto que es la vida, admitiendo, eso sí, algunas significativas diferencias de matices o posturas fotográficas.

Sin más dilación comenzó a escribir. Comprobó cómo su mano y el lápiz, o el lápiz y su mano andaban en territorios distintos al de su pensado relato. Sobre el blanco papel se dibujaban palabras, frases y oraciones llenas de sentido. Los sujetos, verbos y predicados se disponían en forma armónica y natural, las imágenes de la narración evocaban, sugerían, marcaban conceptos, territorios, sentimientos, emociones… apuntaban a que el lector interpretara, sintiera, imaginara y fuera protagonista de lo contado.

Leyó todo lo escrito en los folios y se emocionó pensando en la sinceridad, coherencia y belleza del texto. Sólo al llegar al final del relato intuyó que aquel lápiz y aquel relato no eran suyos.
En el pie de página se leía:   © Javier Pérez Andújar

Fue entonces cuando supo que debía devolver el lápiz.