Llamaron a la puerta a eso de las 14h, momento en el que acostumbro a almorzar cuando lo hago en casa. Un bien plantado querubín, trajeado, con maletín y porte de últimas tendencias estéticas, me venía anunciar la buena nueva: la sociedad con la cual ya mantengo suscritos contratos para abastecimiento de electricidad, me ofrecía ahora la posibilidad de entrar un en mundo de ensueño.

Educadamente le indiqué que en ese momento no podía atenderle, que estaba comiendo y en consecuencia se me enfriaría la verdura al vapor junto a la tortilla de champiñones que había preparado. Lejos del desfallecimiento insistió de forma perseverante, crecida e incluso agresiva… Ese fue el instante en que, nuevamente, de forma amable indiqué que mi domicilio particular quedaba protegido por el derecho a la intimidad y que, en cualquier caso, como consumidor (ya no tanto como ciudadano) tenía derecho a decidir qué, cómo y cuando lo quiero.
La respuesta del querubín fue “vale, vale, no quiero perder más el tempo”…
Ahí se desató mi lado oscuro: -Oiga, el tiempo no se pierde, se conquista, se gana, se vive, le dije. Mi respuesta le desconcertó. Bajó esa mirada desafiante y se fue. Me hubiera gustado añadir, vive tu tiempo, tu presente tu ahora. No tuve “tiempo”.
fotografía © trebla